Con esta historia quiero rendir un pequeño homenaje a todas las mujeres maltratadas, de manera especial a aquellas con las que he trabajado.
Llegó el momento de reflexionar, el mentón reposaba sobre las manos y los ojos moviéndose de izquierda a derecha, parecían haber dado con las respuestas a lo acontecido.
Hasta ayer, él era en mi mundo, hoy ocupa un lugar en mi memoria que ni quiero ni puedo olvidar.
Cuando lo conocí, me pareció el hombre más maravilloso del mundo, recuerdo la primera vez que sentí su brazo sobre mis hombros, un escalofrío recorrió mi cuerpo, a su lado no me podía suceder nada malo.
Nos conocimos en verano, los dos estábamos de vacaciones y todas las horas del día eran pocas para estar juntos. Todo el tiempo atento, pendiente, “tus deseos son órdenes para mí”, “Por favor, todo lo que quieras dímelo a mí, sólo a mí, me hace tan feliz servirte”, eran sus frases favoritas.
Ahora entiendo el significado de esas frases, pero en aquellos instantes pensé: no se puede escuchar nada más bonito.
En septiembre me reincorporé al trabajo, estaba feliz, buscaba con la mirada a mis compañeras, necesitaba contar lo sucedido, me gustaba revivirlo una y otra vez. La jornada laboral me pareció mas larga que nunca, contaba los minutos que me quedaban para volver a estar junto a mi amor.
Él me estaba esperando en la acera de enfrente, yo salía con un compañero de trabajo que, como hacía siempre, me beso, en las mejillas, al despedirse.
Crucé la calle, feliz, emocionada, como cada vez que me acercaba a él y al llegar a su altura lo noté extraño, tenso y frío.
— ¿Te pasa algo?— pregunté.
— ¿Tiene que pasar algo?— respondió.
Lo he sabido después, pero fue en ese momento cuando, sin entender el porqué, sentí, por primera vez, miedo estando a su lado. Caminamos un rato, yo hablaba algo agitada, él, con la mirada al frente, me ignoraba. Entró en un bar, yo le seguí y, como si hubiéramos cambiado de escenario, volvió a ser el hombre del que me había enamorado.
La memoria selectiva, que acompaña al enamoramiento, me permitió seguir con mi relación como si nada hubiera sucedido.
Al día siguiente, de nuevo, él me esperaba y yo salí sola de mi trabajo, nadie me acompañaba, un comportamiento, del que no fui consciente hasta mucho después, hizo que, nunca más, persona alguna estuviera a mi lado al salir del trabajo, nadie volvió a besar mis mejillas en señal de despedida.
Mis amigas nos invitaron a pasar el puente de la Hispanidad en una casa rural, sin pensarlo, acepté, estaba deseosa de que conocieran a mi pareja, quería mostrar a mi gente, que me quedaba corta al hablar de él.
A la salida del trabajo — le dije— tengo una sorpresa, estamos invitados a pasar el puente de la Hispanidad en una casa rural. Su rostro se volvió rudo, seco, me miró a los ojos y — dijo— no decidas, nunca más, por mí. En mi cuerpo, todas las emociones positivas frenaron, como cuando frena un coche ante un objeto inesperado, perdí las fuerzas, — sólo pude responder— lo siento.
Esa noche, por vez primera, dudé, estaba preocupada, no entendía, me costo dormir, no paraba de dar vueltas, a la mañana siguiente, las sabanas formaban una espiral casi perfecta.
Entré en mi oficina, intentando disimular mi malestar, pero mis ojeras me delataban, una de mis compañeras — me preguntó— ¿te ocurre algo?, — he pasado mala noche. — respondí. Con una intuición, que todavía hoy me sorprende cuando lo recuerdo, — dijo— hoy he leído una frase que hace pensar o por lo menos a mí me lo parece, y sin tener en cuenta mi falta de atención, — continuo diciendo— cuando hay amor no hay sufrimiento.
Durante toda la mañana, esas palabras se colocaban, delante de mí, como proyectadas en una pantalla de cine, una voz interior me repetía que, en esa frase estaban las respuestas a mis desvelos.
A última hora, me acerqué a mi amiga y — pregunté— ¿dónde has leído la frase?, como si me estuviera esperando, abrió su cajón, cogió una revista de psicología y alargando su brazo — dijo— para ti.
— Gracias — respondí.
La guardé, en mi bolso, aunque más parecía que la estaba escondiendo.
Mientras cruzaba la calle, iba buscando una excusa para poder irme a casa a leer ese artículo, casi sin dejarlo hablar, — dije— cariño, lo siento, pero tengo un dolor de cabeza horrible, necesito acostarme un rato. Me acompaño hasta la puerta de mi casa, me besó y se marchó.
Tumbada sobre mi cama, con la almohada doblada por la mitad a modo de respaldo, leí el artículo. La sensación era algo contradictoria, por un lado, la idea de que amar o ser amado no va unido al sufrimiento era algo reconfortante, pero, por otro lado, ese planteamiento parecía contradecirse con la experiencia, con la realidad. Sufre la madre por el hijo que ama, sufre el amante por su amada, sufre el hijo por el padre enfermo, sufre el niño cuando lo alejan de su madre. — ¿Todo este sufrimiento no es también amor? — me pregunté.
En mi mente aparecieron, como por sorpresa, títulos de películas románticas, canciones de amor, novelas… y en todas ellas, en una u otra forma, aparece el sufrimiento.
El que ama, con el amor más puro, no provoca sufrimiento al objeto de su amor. Estas palabras flotaban dentro de mí, estirada sobre la cama, escuchando música de la que me hace soñar, me dormí.
Mis párpados se abrieron, como los ojos de las muñecas cuando los mueves de atrás hacia delante, de un solo golpe.
Había un mensaje en mi móvil, era él, “mi amor, ¿cómo va esa linda cabecita?, ¿cenamos?”.
A las 20:45 pasó a por mí, algo había cambiado, una serena sensación me envolvía y, al mismo tiempo, me separaba de él.
Durante la cena, una idea clara se alojó en mi interior, poner a prueba su amor.
Desplazarse de observador a observador — decía la psicóloga en su artículo— hemos de saber reconocer si nos aman y como queremos ser amados.
Cariño — dije— me apetece mucho cenar con mis amigos algún día. Siempre salimos solos, tú y yo, y echo de menos las veladas de los sábados.
Ves, mi amor, como yo te quiero más — dijo él.
No entiendo — respondí.
Yo no necesito estar con nadie más que contigo, no te quiero compartir, todo el tiempo es poco para disfrutar de ti — contestó.
Por un momento, todo se tambaleó, me ama — pensé— soy todo para él, que más puede desear una mujer, pero el limpiaparabrisas pasó por mi mente, dejando el espacio suficiente para ver más allá de esas palabras, amar no es poseer y decidí continuar adelante con mi plan.
El día de la cena, quedamos en la puerta de un restaurante japonés, al llegar besé y abracé a todos, al tiempo que hacía las presentaciones.
Mis amigos maravillosos, divertidos, simpáticos, como siempre y él, visto por los demás, estuvo perfecto, educado, amable, conversador, pero yo sabía que las cosas no iban bien, en toda la cena, se dirigió a mí un par de veces.
Siguiendo con mi plan, me comporté como yo soy, divertida, cariñosa, cercana …
De todas formas, no podía evitar cierta inquietud, sabía que el final de la velada no me iba a gustar, pero, por otro lado, deseaba saber que iba a pasar.
Alguien propuso ir a bailar, — sí — exclamé yo— me encanta bailar.
Bailamos, reímos, tomamos unas copas, todo parecía normal, excepto su extraña mirada que me transporto, por unos instantes, a mi primer día de trabajo después del verano, cuando fue a recogerme a la oficina por primera vez.
Llegó el momento de las despedidas, de nuevo, repartí besos y abrazos a todos mis amigos. Pero, en esos instantes, mi mente estaba en otro sitio, me encontraba tensa, la comisura de los labios me temblaba, un poco, al sonreír, mis manos estaban frías, mi estómago encogido y mi corazón algo acelerado.
Rápidamente, voló por mi cabeza la siguiente idea, es curioso… tantas sensaciones desagradables estando al lado de alguien a quien amas y te ama.
Probablemente, la psicóloga, del artículo, tiene razón, esto no es amor, es dependencia, es posesión …
Caminábamos hacia el coche los dos solos, entre nosotros había la distancia del que está esperando una embestida.
Yo parecía esa niña pequeña que espera ser castigada de un momento a otro sin saber muy bien el porqué. No — pensé— agarra su brazo, no confirmes sus pensamientos con tu actitud, has actuado normal, como cualquier persona que disfruta de una velada con amigos, si siente tu miedo la arremetida será mayor.
Cogí su brazo y como si tuviera un resorte, un muelle, se soltó sin mediar palabra. Continué conversando cerca de él, sin darme por enterada.
Al ver el coche, aceleró el paso, yo le seguí y antes de que me acomodara y cerrara la puerta, arrancó.
Mi corazón se aceleró, me costaba tragar, — tengo miedo — pensé— he de intentar calmarme.
Me disponía a iniciar una conversación, cuando — dijo— has pasado de mí como de la mierda.
En otro momento, me hubiera justificado, habría intentando hacerle ver que eso no era así, pero recordé las palabras de la psicóloga: “hay que saber decir como nos sentimos” y — contesté— yo también me he sentido así, no te has acercado en toda la noche, me has evitado, no mejor, me has acechado, como el animal que acecha a su presa esperando el descuido para atacar.
— Lo que me faltaba — dijo él— ahora va a resultar que el culpable soy yo.
— Sólo te estoy diciendo como me he sentido, no te hago culpable de nada — añadí.
— Si no me acerqué a ti fue porque estabas muy bien rodeada de tus amigos, con tanta risa, tanto abrazo y tanto beso — dijo él.
— Me está diciendo que te molesto verme feliz — le repliqué.
Sus labios se sellaron, no volvió a decir nada, paró el coche enfrente de mi casa y me bajé. Revolviendo el bolso, en busca de las llaves, me acercaba a mi portón, mi corazón latía deprisa, no quería mirar hacia atrás, estaba tan nerviosa que no me di cuenta que él ya se había ido.
Sin reparar en lo tarde que era, más de las cuatro de la madrugada, cogí el artículo, que me esperaba encima de mi cama y empecé a leerlo de nuevo. Regresé dos o tres veces a la primera línea hasta que conseguí centrarme.
— En el amor no hay sufrimiento, lo entiendo — pensé— lo he conseguido, dejé caer la revista sobre mis rodillas y me emocioné, porque había descubierto algo vital, ahora sabía como reconocer el amor entre dos personas.
Podemos sufrir por el miedo a perder, pero si se ama se antepone el bienestar del ser amado al propio. El amor es desprendido, no pide nada a cambio. El hecho de amar es un privilegio en si mismo, la sensación de estar amando no deja lugar para la duda, todo es felicidad, plenitud y bienestar.
A la mañana siguiente desperté encima de la colcha, vestida y con la revista, todavía, entre mis manos. Tomé una ducha, me puse ropa cómoda y preparé un apetitoso desayuno, con café caliente, tostadas y zumo de pomelo.
De repente, salieron de mi boca las palabras: no le amo, no me ama, el convencimiento que sentí al escucharme hacía pensar que nunca lo hubiese dudado, pero no era así.
Llegó el momento de reflexionar, el mentón reposaba sobre las manos …
María José Alemany
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